–
Se escucha el mar. Una ola. Después otra. Y otra más… El viento silba entre los acantilados, la espuma cubre las rocas y el agua golpea con una fuerza capaz de triturar y arrastrar cualquier cosa que encuentre a su paso…
(Silencio)
Amanece sobre la impresionante y arisca Costa Quebrada. Todavía no ha salido el sol. Cantabria duerme. Pero Ángel (y su inseparable escudero Chuchi, su experto piloto y salvavidas en caso de infortunio, que le acompaña cada día en su aventura vital) ya están despiertos. No necesitan mirar el reloj. Aquí, quien manda es la marea. Y esa, por muy temprano que sea, no espera a nadie. Mientras la mayoría disfrutan del primer café de la mañana, ellos caminan hacia el lugar donde termina la tierra… Hacia los acantilados. Hacia las rocas. Hacia el mar. Ese mar, que nunca regala nada. A nadie…
Intenso y penetrante olor a sal. Con mayúsculas. Esa de la que limpia y transforma… esa que espanta los fantasmas y ahuyenta el mal de ojo…
(Silencio)
Ángel es percebero. Un trabajo que se aprende con las manos, con los años… y, sobre todo, con respeto. Mucho respeto. Una forma de vida que está desapareciendo poco a poco. Una manera de entender el trabajo basada en el esfuerzo, el sacrificio y el respeto por la naturaleza. Una profesión en la que cada jornada comienza con una pregunta que nadie puede responder: ¿Qué nos permitirá el mar hoy? Un oficio antiguo. Duro. Exigente. Silencioso.
Desde tierra, la confortable y segura, parece sencillo. Navegar. Saltar a la roca. Buscar al esquivo percebe. Pescar. Volver… Pero hay lugares donde un solo paso puede separar la vida de la muerte. Un simple resbalón, puede significar mucho más que un golpe. Porque allí abajo, entre las rocas, no hay senderos trazados. No hay barandillas de seguridad. Tampoco hay segundas oportunidades. Solo piedra mojada, espuma y un mar que cambia de humor de improviso. Sin avisar.
Ángel lo sabe. Lo ha aprendido a lo largo de todos los años de esta, su única profesión. Por eso observa. Escucha. Espera. Y cuando llega el momento… brinca a la piedra. Cada movimiento tiene un motivo. Cada apoyo está calculado. Cada grieta, cada saliente, cada superficie cubierta de algas tiene un significado para él. Sus manos conocen la roca. Sus ojos conocen la ola. Y su cuerpo… el peligro.
Vive en busca de un tesoro pequeño, muy pequeño. Casi insignificante. Y valioso. Muy valioso. Altamente cotizado en las mesas y restaurantes más exigentes (y costosos). De profundo color negro y uña roja. De calidad. Oculto e inaccesible allá en las islas de los conejos de Suances y en los acantilados de toda la Costa Quebrada. Pero para dar con él, debe enfrentarse cada día a algo mucho más grande. El Cantábrico. Un depredador fatal, siempre en busca de una nueva presa. Porque entre él y este precioso mar intenso, existe una relación difícil de explicar. Una mezcla de miedo, respeto, necesidad… y libertad. En sus agitadas aguas, no piensa en el ruido de la ciudad, ni en los problemas cotidianos, ni siquiera en el cansancio. Se siente libre. Solo existe él, la roca y el mar.
Una ola. Otra. Y otra más. El océano golpea. Sin piedad… Ángel espera. Porque aquí, la paciencia, es una herramienta de trabajo más. Puede que la más importante.
Y de repente, ahí están… los encuentra. Un pequeño grupo de percebes aferrados a la fría piedra. Ángel los desprende con su rasqueta (o rajada en la zona del norte de España). Con mimo. Uno. Después otro. Con ese cuidado que solo puede ofrecer alguien comprometido y que aboga por la conservación. Prácticamente individuo a individuo. Intentando dejar en la roca a los ejemplares más jóvenes (y de menor talla) para así garantizar una pequeña “guardería” con la que pretender albergar un mañana pleno de futuras mareas. Sin descanso. Sin ruido. Solo el sonido de las olas golpeando las rocas… y el de su respiración.
Pero cada percebe que introduce en su faldiquera (delantal hecho de red amarrado a la cintura en la que deposita los percebes) lleva consigo una historia que rara vez llega al plato. La historia de una roca erosionada durante miles de años. La historia de cientos de millones de olas. La historia de unas manos endurecidas por el frío. Y, sobre todo, la historia de un hombre que decidió ganarse la vida allí donde la tierra termina y comienza el océano.
Horas de frío. Manos heridas. Huesos empapados. Madrugones. Cansancio. Y miedo. Porque sí. También hay miedo. Solo que el miedo, aquí abajo, no puede mandar. Tienes que aprender a convivir con él. Porque el mar no entiende de valentía. No entiende de experiencia. No entiende de años trabajando sobre rocas. Cuando decide golpear… golpea. Quizá por eso nunca, desafía al mar. A la mar -en femenino- esa de la que tanto hablan los poetas y los soñadores, se la respeta. Se la escucha. Se la quiere. Se la intuye… Aunque por mucho que quieras, nunca se la termina de conocer.
Cada percebe subido a bordo, es una pequeña victoria con la que intentar hacer frente al sustento diario de la familia. Pero el verdadero triunfo llegará después. Cuando retornen a tierra. Cuando puedan quitarse las botas. Cuando miren hacia atrás… y vean que han regresado a puerto seguro. Porque en este oficio nadie puede garantizar el retorno sano y salvo. Solo puedes trabajar. Tener cuidado. Y esperar que el mar te regale una marea más y te permita retornar.
Hoy han terminado. Mañana… volverán. Porque hay hombres que trabajan para vivir. Y hay hombres que, con el paso de los años, terminan formando parte de aquello que les rodea. Ángel, y Chuchi, son dos de ellos. Forman ya, parte de estas rocas. De este viento. De esta espuma. De este paisaje majestuoso a la par de sobrecogedor, que tanto impacta las retinas de los paseantes autóctonos y foráneos. Su historia está escrita entre las mareas. Y cada día, cuando el Cantábrico vuelva a levantarse y esa esquiva y preciosa tenue luz gris anuncie un nuevo día de mar… ellos volverán a estar allí. En el límite. En la frontera. Justo donde termina la tierra. Justo donde comienza el ancho mar.
Siempre he valorado/disfrutado mucho, las virtudes/delicias culinarias de estos invertebrados. Ahora, tras meses siguiendo a estos titanes de las olas, y saltando con ellos de grieta en grieta, mucho más si cabe… Además, aprendí, que detrás de cada percebe… hay una historia. Y detrás de cada historia… hay un hombre. Uno que se juega la vida cada día para arrancarle al Cantábrico uno de sus tesoros más pequeños. Y quizás por eso… uno de los más valiosos y preciados.
Y el viento volverá a silbar su incesante melodía, entre los acantilados. Y las olas volverán a abrazar cada roca, cada piedra, cada grieta. Y el agua volverá a golpear con fuerza. Esa fuerza capaz de triturar y arrastrar cualquier cosa que encuentre a su paso…
Y Ángel volverá a saltar. A las rocas. Al frío. A la espuma. Al límite entre la tierra y el mar. Porque allí, donde para muchos termina el camino… para él comienza la vida.
–
Versión en Inglés / English Version